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Corzo

Corzo

Biología

El corzo (Capreolus capreolus) se puede considerar una especie con gran capacidad de adaptación al medio ambiente por la variedad de latitudes y altitudes donde se le puede encontrar, tipos de hábitats por los que se distribuye y especies vegetales que consume. Gracias a su enorme plasticidad puede ocupar todo tipo de medios forestales: caducifolios, mixtos y de coníferas, pero también se ha adaptado a bosques en etapas de degradación con condiciones más duras, como son matorrales o zonas adehesadas.

Prefiere paisajes con un mosaico de bosques y tierras de cultivo, un medio diverso y heterogéneo donde se solapen tanto el estrato arbóreo, como el arbustivo y el herbáceo, y por ello está bien adaptado a los paisajes agrícolas modernos
En función de las condiciones que se den en el medio, habrá cambios en la densidad de población. De este modo a mayor abundancia de recursos tróficos, mayor densidad y viceversa. A pesar de ello, la densidad está condicionada por su propia dinámica poblacional, por aspectos de territorialidad.

Distribución Geográfica

El corzo tiene una amplia distribución en la región Paleártica. Se extiende por la mayor parte del territorio europeo, incluida Rusia occidental, pero con la excepción de Irlanda y las islas del Mediterráneo. Fuera de Europa, el corzo tiene presencia en Turquía, el norte de Siria, el norte de Irak, el norte de Irán y el Cáucaso; sin embargo está extinguido Líbano. Este patrón de distribución parece ser debido a su falta de adaptación a la xericidad mediterránea.

Actualmente el corzo se extiende por la mayor parte del territorio de la Península Ibérica, exceptuando la zona de Levante y con una presencia limitada en Andalucía, aunque ecológicamente muy importante por alcanzar el límite de su distribución suroccidental paleártica. Los principales núcleos poblacionales ocupan la Cordillera Cantábrica, Pirineos y los Sistemas Ibérico y Central. Desde ellos esta especie se encuentra en proceso de expansión. Se pueden encontrar además reductos poblacionales en los Montes de Toledo, Sierra Morena, el este de Extremadura y en las sierras andaluzas de Jaén y Cádiz.

En la actualidad la presencia del corzo es muy común y está en expansión en muchas áreas. Sin embargo estuvo casi extinguido en zonas del sur de Europa debido a la pérdida de su hábitat y la sobreexplotación en la primera mitad del siglo pasado. El número de corzos empezó a incrementarse de nuevo hace 20-40 años debido al abandono del campo, la mejora de los regímenes de caza y las reintroducciones.
En la Península Ibérica el corzo ha atravesado por muchas vicisitudes: desde una severa reducción de sus efectivos durante siglos, consecuencia de una política ganadera basada en el pastoreo trashumante con ovinos, y defendido desde las más altas instancias del Estado, hasta el crecimiento casi explosivo de sus poblaciones en tiempos recientes, habiéndose incrementado por diez su área de distribución en España en los últimos cincuenta años.
La territorialidad de esta especie es una de las raíces fundamentales de su expansión. La expulsión de los jóvenes del año anterior de las tierras que les vieron nacer, obliga a que la especie se difunda por terrenos limítrofes y sin propietario, siendo el efecto mucho más acusado que en otras especies, que pueden ver aumentados sus efectivos sin tal dispersión geográfica de los mismos. Pero además, su extraordinaria capacidad de adaptación a distintos medios hace que el corzo pueda ocupar estratos agro-forestales o, incluso, netamente agrícolas y humanizados, en los que otras especies no podrían habitar por su necesidad de ambientes del tipo forestal puro.

Morfología

El corzo es el menor de los cérvidos europeos. Los machos tienen un peso variable de 24 a 30 kg, y en el caso de las hembras de 2 a 6 kg menos. La altura a la cruz también varía de 60 a 75 cm. Sin embargo, se constatan importantes diferencias en peso y tamaño atribuibles, principalmente, a causas alimenticias y condiciones climáticas.

El corzo posee grandes orejas que aumentan su sensibilidad auditiva y buenos sentidos de la vista y el olfato. Por lo general, carece de apéndice caudal o cuando existe es muy corto.

Los ejemplares adultos poseen un pelaje que oscila de marrón leonado a gris oscuro, y que mudan todos los años en dos ocasiones. Sin embargo las crías, llamadas corcinos, cuando nacen tienen un pelaje pardo rojizo con un moteado blanco dorsal que les recorre toda su longitud, del que se desharán en su primera muda.

A pesar de la ligera diferencia de tamaño entre machos y hembras, no existe dimorfismo sexual. La presencia de la cuerna en los machos es la característica más evidente para la distinción. Sin embargo, esta es caediza y cuando están desmogados -sin cuerna- habrá que fijarse en la forma y color de la mancha caudal, siendo en esta época de forma arriñonada y blanco amarillenta en los machos, y en forma de corazón invertido y con un mechón blanco en la zona vulvar en las hembras. Pero además, con la edad los machos engrosan sus cuartos delanteros y el cuello adquiriendo una morfología trapezoidal, mientras que las hembras presentan una morfología inversa, ensanchando ligeramente su tercio posterior, relacionado con el comportamiento maternal.

La cuerna, como en el resto de cérvidos, es una formación ósea que crece a partir de unos pivotes ubicados en la parte superior del cráneo y, a diferencia del resto de sus huesos, adquiere su función cuando degenera su irrigación sanguínea y muere. En el caso del corzo es únicamente un atributo masculino.

La primera cuerna comienza a desarrollarse a partir de los tres meses del nacimiento, no obstante no será sino un rudimentario apéndice craneal con forma de estaca menuda. Al caerse esta comenzará el desarrollo de su primera cuerna verdadera, que se verá concluido cerca del año de edad. A partir de entonces cada año desmogará en torno a octubre, comenzando el crecimiento de la nueva cuerna desde el momento del desmogue. La actividad de las células formadoras de hueso depende de la salud del animal, de su nivel de reservas corporales y también de la climatología, alcanzando un crecimiento óptimo cuando les llegan energía y proteínas suficientes. La longitud, perlado y grosor, estará relacionado también con el estado de salud de su portador, el tipo de alimentación, la densidad poblacional, la relación con sus propios congéneres y las condiciones ambientales.

La cuerna del corzo, en comparación con otros cérvidos, es de reducidas dimensiones y poco ramificada. La típica cuerna posee tres puntas: la luchadera o punta anterior, que crece hacia delante; la punta superior y la garceta o punta posterior, que crece hacia atrás, encontrándose las dos últimas en la horquilla superior. Es muy característico el abundante perlado que se acumula sobre todo en la base de la cuerna (roseta), pero que incluso puede llegar casi a cubrirla. No está claro su función, podría servir para aparentar un mayor volumen de cuerna con un menor aporte óseo y por tanto con un menor desgaste para el individuo, o podría favorecer la efectividad descortezadora que el individuo confiere a la cuerna en el periodo de marcaje, aunque también guarda relación con el nivel de testosterona, mostrando su capacidad reproductiva.

Cada año hacia octubre o noviembre los machos desmogan, empezando el desarrollo de una nueva que irá creciendo hasta marzo o abril. En torno a estas fechas, comienzan a desbastar el correal o terciopelo que cubre sus cuernas, frotándose contra árboles o arbustos de escaso diámetro y provocando un descortezado conocido como escodadura.

Alimentación

El corzo es un herbívoro que se alimenta principalmente de hojas, brotes tiernos y, en menor medida, de frutos. La alimentación del corzo es resultado de una perfecta adaptación a los ciclos de vegetación anuales. La decisión de qué consumir depende principalmente de la disponibilidad de alimento, pero también de las condiciones y riesgos de su obtención. Los árboles y arbustos de hoja caduca son más consumidos en verano, sin embargo los de hoja perenne aparecen en su dieta de forma más sostenida.

Respecto a las herbáceas, le gusta comer leguminosas tanto en primavera como en verano, pero las monocotiledóneas forrajeras son más consumidas en invierno.

Dentro de los ungulados el corzo pertenece al suborden de los rumiantes, caracterizados por tener un estómago dilatado y dividido en compartimentos. No obstante, su pequeño tamaño y estrategia alimenticia le han conferido características que le diferencian de otros cérvidos: tiene el estómago parcialmente dividido y pequeño en relación a su cuerpo.

Esto le obliga a modificar su comportamiento en dos aspectos: en primer lugar, debe comer en breves y diversos periodos del día, de 8 a 10, intercalados con otros tantos de reposo y rumia. Por otra parte sus preferencias son los brotes tiernos y hojas, poco fibrosos y ricos en azúcares, que le aportan mayor energía, para compensar la falta de acopio que puede llevar a cabo, convirtiéndolo esta circunstancia en un selector-ramoneador. En todo caso, la selección de especies consumidas por el corzo siempre estará acorde al entorno en el que desarrolle sus ciclos y a la época en la que se encuentre.

Durante el invierno el corzo es capaz de reducir sus necesidades, no sólo por un descenso en la disponibilidad de alimento, sino como una estrategia de limitación del consumo de energía y del riesgo de ser presa. Así durante los meses fríos el peso corporal, el metabolismo basal y la actividad se reducen, después de haber mudado a un pelo más espeso y hueco que le protege frente a los agentes atmosféricos.

Actividad y movimientos

Los picos máximos de actividad del corzo se establecen durante el alba y el ocaso, coincidiendo con buena parte de los autores centroeuropeos. Los periodos de sueño profundo son de 2 horas en invierno y de 4 horas en verano, y dormitando pasan 5 y 6 horas en invierno y verano respectivamente. Durante el celo existe una creciente actividad en el centro de la mañana y en el centro de la tarde, además de verse incrementada en el amanecer, mediodía y anochecer.

Los corzos no llevan a cabo movimientos migratorios como tal. Esto no evita que se puedan dar movimientos estacionales en determinadas poblaciones debido a las circunstancias climáticas y topográficas. Existen además movimientos de dispersión a nivel individual, debidos más bien a la dinámica poblacional de la especie que a verdaderos movimientos poblacionales.

Comportamiento

El comportamiento del corzo a lo largo del año está marcado por las estaciones y, consecuentemente, por la cobertura del medio y la disposición de alimentos. En su ciclo anual se dan épocas en las que es territorial y otras en las que no lo es. La territorialidad tiene su origen en el comportamiento reproductivo.

Al final del otoño y durante el invierno, los corzos son especialmente tolerantes unos con otros, siendo posible ver pequeños grupos en áreas favorables para su alimentación. Es debido a una estrategia de supervivencia invernal, quedando limitado el riesgo de verse sorprendidos por depredadores. Sin embargo a finales de febrero o marzo se van dispersando.

Durante febrero, marzo y abril los machos descorrearán sus cuernas frotándolas contra pequeños árboles y arbustos, teniendo este hecho además un significado territorial.

A principios de la primavera empiezan a delimitar sus territorios. Aunque los machos muestran comportamientos territoriales durante la primavera, existe una tolerancia entre sexos, solapándose sus territorios. Un buen territorio para un macho estará solapado con el de diversas hembras, de forma que pueda cubrir a varias a lo largo de la temporada de celo.

Reproducción

A primeros de mayo, año tras año las hembras adultas seleccionan los mismos lugares para alumbrar a sus crías. El tamaño de la camada depende de la edad y peso de la corza, y de la climatología del lugar. Lo más frecuente es el alumbramiento de dos corcinos, pero puede ser de uno o tres. Las crías permanecerán escondidas entre la vegetación la mayor parte del tiempo durante uno o dos meses.

La mortalidad postnatal y perinatal en el corzo es muy elevada. La climatología y, en especial la pluviometría, tienen una influencia determinante en la supervivencia de las crías en los primeros días. La lactancia dura unos seis meses, es decir, hasta noviembre, no obstante las crías permanecerán con la madre hasta la primavera siguiente. La ganancia de peso diaria es rápida durante el primer mes, siendo fundamental un buen crecimiento en estos primeros días para llegar en condiciones ventajosas al otoño.

En  julio comienza el celo, aumentando la frecuencia de las escodaduras. En el sur peninsular se produce a inicios de mes en tanto que en el resto no lo hará hasta mediados, existiendo importantes diferencias locales. En las hembras el celo es muy breve, de dos o tres días. Las cubriciones comenzarán en especial en días calurosos y húmedos.

Los corzos son animales monoéstricos, es decir, con un único celo al año, siendo imposible que se repita en caso de que la corza no quede preñada. Esto es una condición necesaria por la particularidad que esta especie presenta en la gestación, la diapausa embrionaria o gestación suspendida. Desde los quince días siguientes a la fecundación hasta cinco meses más tarde, es decir, hasta enero, los embriones se mantienen durmientes en lugar de anidar en la mucosa uterina y desarrollarse. Esta estrategia es poco común entre los herbívoros pero no es infrecuente en los carnívoros de climas fríos, que tienden a optimizar el empleo de energía; su función es que los nacimientos y la lactancia coincidan con la máxima disponibilidad de alimentos.

Desde mediados de septiembre los machos empezarán tener menores niveles plasmáticos de testosterona lo que acabará originando el desprendimiento de los cuernos; es entonces cuando la conflictividad entre machos comienza a desaparecer.

Gestión

La expansión progresiva, y en ocasiones explosiva, del corzo en España ha sorprendido a la mayoría de cazadores, administraciones públicas, e investigadores. Este panorama se reproduce en casi toda su área de distribución en Europa, y guarda relación, entre otros factores, con el cambio de uso del espacio agroforestal, las variaciones sociales y culturales que se producen desde la prosperidad económica de inicios de los 70 del pasado siglo.

Esta abundancia y tendencia expansiva se acompaña además de la aparición de ciertos ejemplares de cornamenta espectacular, magníficos e irrepetibles trofeos, hoy puestos en valor por el poder del comercio, y en ocasiones mercadeo de terrenos y derechos de caza, y por una pléyade de cazadores que sueñan con lograr ejemplares record.

Por otra parte, no es menos cierto, que esta abundancia ocasiona problemas hasta hora inéditos: daños a cultivos y bosques, accidentes de circulación y preocupación sanitaria.

Para afrontar la caza y conservación del corzo es necesario tener presente que existen algunos principios básicos en la gestión de sus poblaciones. ¿Pero en que se concreta la gestión? Dado que entendemos por gestión al conjunto de medidas que se adoptan para actuar sobre una población, para satisfacer un objetivo predeterminado, es necesario fijar el procedimiento básico sobre el que ir añadiendo los subsiguientes protocolos.

Depredación

El corzo es, en nuestros hábitats ibéricos, una especie presa para los grandes carnívoros, especialmente para el lobo (Canis lupus signatus) y el zorro (Vulpes vulpes). Distintos trabajos realizados en España y Portugal han demostrado cómo el corzo es la especie favorita para el lobo, especialmente en ausencia de otra fauna doméstica.

Existe una preocupación creciente por el efecto que puede llegar a tener la población del NW peninsular sobre los corzos al haberse detectado acusados descensos de la población coincidiendo con la mayor abundancia y protección del lobo. El lobo depreda tanto ejemplares reproductores como juveniles.

El zorro es un depredador oportunista y suele centrar su presión en los ejemplares más jóvenes, especialmente en los momentos inmediatos a la paridera de las corzas. Su efecto puede ser muy acusado, en particular en los agrosistemas donde este cánido alcanza sus mayores densidades.

Otros depredadores importantes para la conservación del corzo son los perros, tanto los divagantes como aquellos que circulan libremente por el campo. El corzo es una especie muy frágil ante el ataque de perros llegando a extremos desastrosos cuando esto se produce en medios en los que existen mallas y cercados contra los cuales los perros acorralan a sus víctimas con suma facilidad.

El jabalí (Sus scrofa) puede ser también, ocasionalmente, ser un depredador de corzos.
La depredación sobre el corzo del águila real (Aquila chrysaetos homeyeri) en la Península Ibérica se ha considerado hasta ahora casi anecdótica, aunque la validez y rigurosidad de esta idea deberá muy probablemente ser revisada al concluir el presente proyecto Aequilibrium.